Aunque era tentador que se le fuera la cabeza directamente al jueves por el clima de Copa que había en el Monumental, River se vio obligado a jugar al Galoppo en uno de los partidos más vibrantes y entretenidos del fútbol argentino en lo que va del año. De la mano (y los goles) del ya no tan sorpresivo killer Giuliano y de un Driussi on fire tras su lesión, el 4-2 en Núñez terminó siendo la antesala perfecta para la definición de la serie de octavos ante Libertad.
De hecho, si el resultado no terminó siendo similar a un set de tenis fue porque, en un segundo tiempo de dominio total ante un rival desgastado, sin ideas y que sigue sin triunfos en el semestre, las chances que parecían caerse de las manos no terminaron adentro del arco de Petroli. Y eso, pese a que casi todos se repartieron al menos un tiro al arco, hasta los ingresados. Incluido un Borja seco, quien erró tres posibilidades bastante claras (en la del medio, les pidió perdón a los hinchas). Spoiller alert para el colombiano: hasta Dadín, suelto en su debut, le mostró que no puede relajarse para no perder su lugar entres los suplentes…
Lo curioso que eso pasó aunque el equipo de Gallardo volvió a ser dual, fundamentalmente en los primeros 45 minutos: así como en Asunción había sido muy diferente en ambos tiempos, esta vez fue uno en defensa y otro en ataque. Que su rival le haya convertido en 29 minutos el doble de los goles que le habían hecho en los seis encuentros anteriores del semestre se explica por algunos flojos rendimientos individuales y por un bloque defensivo con poco rodaje.