La forma en que la Generación Z consume música está definitivamente marcando un giro inesperado en la industria. Mientras los sellos y plataformas han apostado durante más de una década por el dominio absoluto del streaming, los más jóvenes parecen no estar tan convencidos del todo con este modelo. Su relación con la música y su afán descubridor pasa ahora por otros canales, como redes sociales (TikTok, Instagram), YouTube, los videojuegos y, sorprendentemente, un renovado interés por los formatos físicos.
Un estudio de la consultora MIDiA Research muestra que la adopción del streaming en el rango de edad entre 16 y 19 años crece mucho más lentamente que en otros grupos. Aunque esto podría interpretarse como una falta de interés, lo cierto es que el fenómeno es más complejo. La llamda «Gen-Z» escucha música, pero lo hace de forma distinta: fragmentada, casual y a menudo como parte del consumo de contenidos audiovisuales más amplios.
Por ello, plataformas como TikTok o YouTube se han convertido en verdaderas puertas de entrada al descubrimiento musical, gracias a sus vídeos en formato corto y directo. Allí, los usuarios se topan con canciones a través de clips virales, tendencias coreográficas o fragmentos de vídeos por retransmisión, sin necesidad de buscarlas de forma activa. Esta dinámica alimenta hábitos de escucha breve y pasiva, con la música integrada como telón de fondo de experiencias digitales más amplias, y no siempre como una actividad central.
Otro rasgo llamativo es su fascinación por los éxitos del pasado. Clásicos de los años 80, 90 o 2000 reaparecen en los rankings gracias a su puntual viralidad en redes, impulsados por el deseo de los jóvenes por redescubrir “joyas” musicales en contextos actuales. Este apego «a lo retro» se complementa con un interés creciente por poseer música de manera tangible, ya sea en vinilo, casete o CD. Para muchos, tener un objeto físico otorga un valor añadido que el desmedido acceso digital nunca podrá igualar.
Las implicaciones de estos cambios en el paradigma y el hábito son profundas. Por un lado, el crecimiento del streaming empieza a mostrar signos de estancamiento, lo que preocupa a discográficas que han basado gran parte de sus ingresos e inversiones en este modelo. Si la tendencia continúa, aseverada por la creciente salida de artistas de ciertas plataformas de streaming, definitivamente podrían verse obligadas a reestructurar su visión de negocio. A su vez, la apuesta por la compra de catálogos musicales —muy activa en los últimos años— cobra más sentido que nunca: si la nostalgia sigue siendo el motor de consumo, los derechos de canciones ya conocidas se convierten en una mina de oro más rentable que el lanzamiento de nuevas propuestas.
Asimismo, el renovado interés en los formatos físicos abre la puerta a una recuperación parcial del mercado discográfico, con márgenes de beneficio muy superiores a los del streaming. A medida que la Generación Z crezca y aumente su poder adquisitivo, este segmento podría vivir un auge similar al de principios de los 2000.
Sin embargo, no todo son buenas noticias para los artistas emergentes. La competencia es feroz, el apoyo de las discográficas para el desarrollo de talento es cada vez menor, y los hábitos de consumo de esta generación —centrados, como decimos, en fragmentos virales y catálogos antiguos— hacen más difícil la consolidación de carreras nuevas y la conexión con nuevos oyentes. Parece que en este escenario, solo quienes logren conectar de manera genuina con las dinámicas digitales y al mismo tiempo ofrecer un valor artístico duradero podrán abrirse camino.